COOPERATIVISMO OBRERO, CONSEJISMO Y AUTOGESTIÓN SOCIALISTA
ALGUNAS LECCIONES PARA EUSKAL HERRIA
9.2. LA LUCHA DE CLASES EN EL CAPITALISMO ANTES DE 1980.
Mientras estas prácticas consejistas, autogestionarias y de cooperativismo obrero nacían y morían en el este europeo, y en la Europa capitalista se preparaban las condiciones objetivas y subjetivas para un estallido social que rozó el consejismo y que en muchos sitios demostró pese a todos los obstáculos, que el pueblo trabajador y su núcleo obrero puede perfectamente construir una sociedad socialista; mientras tanto, se producía a escala mundial una pugna ascendente antagónica entre el cooperativismo burgués y la autogestión socialista. Aunque es muy interesante detenernos un segundo en el papel imperialista del cooperativismo israelí de los Kibutz, que en su tiempo incluso fueron puestos como "ejemplo" para movimientos de liberación nacional, por lo que citamos a A. Lertxundi:
"Sus antecedentes--los del Kibutz-- provienen del Segundo Congreso Sionista, celebrado en Basilea en 1890, donde se adoptó la decisión de crear el Fondo Nacional Judío. En 1921 este estamento adquiere a los ingleses en el valle de Jezreel unas 6.000 Has. de tierra que se arriendan a colonos a través de la institución Nir Shitufí por períodos de 49 años y un valor equivalente al 2% del valor estimado de la tierra. De este modo, los primeros colonos combinan dos elementos, su ideología socialista, en unos casos y anarquista en otros, con el concepto bíblico de la recuperación de la "tierra prometida". Esta experiencia cooperativa , tras un período autárquico, promueve y se integra en el Estado capitalista e imperialista de Israel; dotándose de un carácter sociopolítico y militar, además de agropecuario y agroindustrial en el aspecto económico. Así, de los kibutz procedía la "Haganá", organización clandestina que practicó la lucha armada contra el colonialismo inglés y sería la base del ejército sionista actual. En 1963, constituyen la Asociación de Industrias de los Kibutzin (KIA), confederación cooperativa que pretendiendo una mayor racionalización económica dentro del campo capitalista, determina la subsumisión de estas organizaciones comunitarias en este sistema. Además de todo ello, esta experiencia cooperativa adquiere un carácter imperialista por la ocupación y colonización de tierras en Palestina, que aún en nuestra época continúa practicando".
Por un lado, el imperialismo potenció deliberadamente cooperativas y otras formas asociadas de distribución, consumo y hasta producción desde el final de la II Guerra Mundial en sus primeras estrategias de contrainsurgencia mundial. Para detener la expansión de procesos revolucionarios de liberación nacional, el imperialismo aplicó al llamado Tercer Mundo diversos planes de apoyo para crear bases de contención y colaboración anticomunista. Especial papel comenzaron a tener las diversas iglesias protestantes y organizaciones supuestamente civiles y apolíticas de ayuda humanitaria.
Con la excusa de "propagar la civilización" --aplastar a los pueblos sublevados-- el imperialismo lanzó múltiples campañas de "cooperación", "iniciativa civil", "ayuda al desarrollo", etc., en las que el cooperativismo era un simple anzuelo para extender las redes de colaboracionistas y espías, también para romper imperceptible pero rápidamente las prácticas comunitaristas precapitalistas de los pueblos --táctica ya aplicada por los jesuitas en sus encomiendas sudamericanas-- y, por no extendernos, para expropiar las tierras comunales e imponer la propiedad privada del campo casi siempre en beneficio de las grandes corporaciones imperialistas. Conviene recordar, como hemos visto antes en este sentido, que en el 23 Congreso de la Alianza Cooperativa Internacional celebrado en Viena en 1966, justo la épica de la que estamos hablando, el cooperativismo burgués ratificó la declaración de neutralidad de 1937 y la declaró más actual que nunca antes.
Por otro lado, proliferaba prácticamente en todos los continentes el proceso de lucha ascendente que va de las simples huelgas y asociaciones de ayuda mutua y cooperativismo social en los barrios populares y obreros, a los consejos y el control obrero pasando por las previas tomas de empresa por los trabajadores, en estrecha unión solidaria tanto con otras empresas menos radicalizadas y con los barrios populares y sus asociaciones vecinales, sociales, etc.
Es imposible citar las experiencias más importantes que se dieron desde Ceilán y Australia hasta a Canadá y Argentina, país este en el que en 1964 cientos de miles de trabajadores ocuparon 4.000 empresas y las mantuvieron en funcionamiento durante una impresionante huelga general. No hay duda en que la creciente resistencia del Trabajo contra el Capital durante estos años aceleró la llagada de la crisis estructural del capitalismo a finales de dicha década, y con ella, y con sus efectos colaterales pero internos, como la crisis del petróleo de 1973, la agudización de las luchas obreras y populares, que solamente se apagaron a comienzos de la década de 1980, en concreto, por poner una fecha, con la derrota obrera inglesa en 1984. Tampoco hay duda e que esta derrota fue producto no sólo de la contraofensiva capitalista generalizada denominada como "neoliberalismo", sino también de la generalizada traición del sindicalismo y de los partidos reformistas.
El Estado francés fue zarandeado hasta sus cimientos en mayo de 1968 cuando alrededor de 10.000.000 de trabajadores mantuvieron una larga huelga que paralizó el país y que supuso el verdadero peligro revolucionario. Muchas empresas, nacionalizadas o no, fueron ocupadas por los trabajadores y entre bastantes de ellas se establecieron relaciones de intercambio al margen del mercado. Fuertes movimientos sociales, vecinales, culturales, etc., se interrelacionaron vitalmente con el movimiento obrero de modo que pese a los altibajos producidos por la presión desmovilizadora y hasta represiva del PCF y PSF, en los años posteriores, entre junio de 1973 y marzo de 1974, la empresa LIP de alta tecnología en relojes, máquinas-herramienta y armamento, mantuvo una ejemplar lucha de autogestión en base a un consejo obrero que acabo en victoria gracias, entre otras cosas, a la efectiva red de comercio alternativo con empresas, cooperativas y consumidores asociados. Pero las grandes lecciones de LIP fueron despreciadas por sindicatos y partidos reformistas. Uno de los apoyos de LIP provino de la comuna campesina de Larzac que desde 1971 no sólo resistía contra un plan de expropiación de las tierras de 103 agricultores para establecer una base militar, sino que creó una efectiva producción y distribución muchas veces al margen del mercado capitalista, logrando movilizaciones solidarias impresionantes a lo largo de los cinco años de lucha.
Pues bien, en este contexto de auge de la iniciativa obrera y popular en todo el sistema capitalista y ahora en concreto en el Estado frances, el PCF respondio publicando el "Tratado Marxista de Economía Política", obra supuestamente "teórica" destinada no solamente a justificar la practica colaboracionista con la burguesia frances, ayuddando a desctivar la movilizacion popular, sino también a sentar "teoricamente" la imposibilidad de la autogestion socialista y a reducir la independencia de clase del proletariado a una pobre "autonomia de gestion". Esta tesis de defiende y se explica detalladamente al final del segundo volumen de la obra, en la edición que nosotros tenemos. El PCF abandona totalmente incluso hasta el léxico y la terminología marxista sobre cooperativismo, control obrero, asambleas de trabajadores, poder obrero, consejos, soviets, ocupación de fabricas, autogestión, democracia socialista, etc., para asumir la demagogia socialdemócrata al uso sobre "gestión democrática", "participación real", "derecho a la información", "consejos de administración", etc. Se trata de anular la independencia de clase del pueblo trabajador e imponer un conjunto de estructuras verticales que imponer la pobre y controlada autonomía de gestión en vez de la autogestion social generalizada.
La mejor forma de comprender el terrible contenido autoritario y reformista del PCF en 1971, año de la primera edición del libro, es leer la composición del "consejo de administración": "...estará compuesto de representantes del personal (elegidos por escrutinio proporcional a partir de listas presentadas por las organizaciones sindicales); de algunas grandes categorías de usuarios (organizaciones sindicales, colectividades territoriales o profesionales) igualmente elegidas, y de representantes cualificados del poder central (pertenecientes en particular a los organismos del Plan y eventualmente a algunos ministerios). El Consejo de Administración elegiría a su presidente y designaría, teniendo en cuenta las propuestas que le serian hechas, al nivel de la empresa, al director general, y los directores generales o de servicios".
Vemos, en primer lugar, que no existe ninguna diferencia de fondo entre el modelo burocrático de la URSS y el proyecto del PCF. En segundo lugar, este modelo choca frontalmente con toda la experiencia de las masas y con toda la insistencia marxista desde las enseñanzas de la Comuna de París de 1871, tal cual las asume plenamente Marx, como hemos constatado, y que se refieren a la revocabilidad inmediata de los "dirigentes", a sus sueldos iguales a los de los demás trabajadores, al poder decisorio de las asambleas y de las comunas, etc., principios de democracia socialista que no aparecen en absoluto en el texto del PCF. Y en tercer lugar, por ultimo, en las condiciones concretas del Estado francés y de la lucha de clases que lo agitaba en aquel contexto, esta definición supone reintaurar el poder de las burocracias sindicales y partidistas, de los aparatos politiqueros y ministeriales, de las maniobras secretas al margen del pueblo. Y todo en nombre del marxismo.
Poco antes de estas movilizaciones en el Estado francés, desde 1966, en Checoslovaquia se desarrollaba un sistema de autogestión que, impulsado abiertamente por el gobierno en enero de 1968, fue una de las bases materiales sobre las que descansó la reanimación de un socialismo diferente al ruso y la famosa Primavera de Praga. En las zonas más industriales del país, hasta una sexta parte de la población activa era autogestionada e iba en aumento. El prestigio de la autogestión era tal que el nuevo gobierno impuesto por los rusos tras la invasión de finales de agosto de 1968, tuvo que esperar hasta marzo de 1969, mas de medio año, para comenzar a desmontar autoritariamente toda la iniciativa obrera y popular.
Simultáneamente, desde la mitad de la década de 1960, en Italia el movimiento obrero iba distanciándose de la burocracia sindical y política, y en 1968 dio un salto tremendo en las prácticas de control y hasta poder obrero. Por ejemplo, los trabajadores de las fábricas milanesas de Pirelli modificaron las cadencias de producción, uno de los sacrosantos derechos patronales, y en Turín los obreros de las fábricas de Fiat condicionaron muy seriamente la modificación de los tipos de coches producidos, la empresa quería más coches de lujo y menos populares, y después crearon un consejo obrero.
Estas prácticas se generalizaron hasta sembrar el pánico en la burguesía italiana y en la OTAN, pero tras el desbordamiento inicial, a partir de 1970 el reformismo del PCI se puso en marcha dentro de las empresas interviniendo duramente contra la independencia de clase de los trabajadores, debilitándola al extremo para 1972. Pero entonces, las fuerzas obreras militantes se lanzaron a la lucha fuera de la fábrica como última posibilidad para asegurar una relación de poder obrero y popular capaz de resistir al doble ataque del Estado burgués, con sus organizaciones de terrorismo fascista incluidas, y del reformismo político-sindical.
Desde 1972-73 se inició una áspera batalla en pueblos, barrios y ciudades industriales entre la tendencia expansiva de los comités y colectivos vecinales, escolares, asistenciales, de transporte, estudiantiles, urbanísticos, médicos, feministas, etc., con sus esfuerzos por apoyar y apoyarse en los consejos obreros sobrevivientes, y, por el lado contrario, la alianza estratégica entre la burguesía y el PCI. Fue en este contexto en el que proliferó la acción directa, la lucha armada y, por el lado burgués, el terrorismo fascista y policial; contexto en el que, desde finales de 1976, el sistema de seguridad del PCI rastreó a fondo la realidad de lucha hasta formar un fichero de alrededor de 10.000 militantes de izquierda, entregado luego a la policía italiana que desencadenó una oleada represiva sin precedentes desde el fascismo mussoliniano. Los jueces afiliados al PCI fueron los más duros y los periodistas del PCI fueron los que más jalearon la "represión democrática".
También en Gran Bretaña las luchas obreras iban en ascenso desde finales de esa década. La decadencia del capitalismo británico tras 1945, incapaz de mantener los costos de su imperio, era soportada básicamente por la sobreexplotación de los pueblos oprimidos y por la explotación de los trabajadores metropolitanos. Ni el laborismo ni los sindicatos oficiales contuvieron el ataque, y por eso a finales de la década los sindicatos estaban muy desprestigiados. No podemos hacer ahora un seguimiento de las grandes huelgas locales y de las no menos grandes movilizaciones de apoyo de todo tipo que obtuvieron, pero sí insistir en que las ocupaciones de fábrica, los piquetes, las redes de autoayuda obrera y popular, y la reivindicación práctica del control obrero fueron en aumento. Este proceso fue unido a un debate teórico muy interesante sobre el sindicalismo necesario para la nueva oleada de luchas, debate del que vamos a citar sólo un trozo muy relacionado con el tema de este texto.
Ken Coates y Tony Topham han expresado así en su obra "El nuevo sindicalismo (el control obrero)" las relaciones entre las experiencias periódicas de control obrero, el sindicalismo combativo y la autogestión con las cooperativas como "otro medio" de emancipación social:
"Existe otro medio, que ha sido adoptado en algunos momentos de la historia y que se aplica aún en limitadas ocasiones. Es el del restablecimiento directo de la autogestión en industrias cooperativas; equivaldrían, como ya lo fueron, a islotes particulares de democracia en el mar proceloso del autoritarismo capitalista. Toda la tradición cooperativa pertenece a este método, y aunque las cooperativas al detalle tienen un lugar importante en la moderna industria de la distribución, hasta ahora no ha sido posible ni siquiera en ese campo la creación de efectivas democracias de trabajadores. Las fábricas de la Paz y la Scott-Bader Commwealt son otros ejemplos de la democracia industrial directa en fábricas. Estos ejemplos son interesantes y pueden enseñarnos útiles lecciones en la elaboración de reglas y constituciones para la futura industria democrática a la que aspiramos. Pero su experiencia es limitada. Una y otra vez en la historia, los trabajadores o una parte de ellos han pensado poder romper completamente con el sistema imperante organizándose al margen de él. Lo malo de esta idea es que en el sistema "exterior" las fábricas se dirigen como siempre y que, debido a sus recursos financieros y técnicos el mundo capitalista exterior sigue siendo mucho más "eficiente" en puros términos de mercado que las utópicas islas democráticas. Si el mercado determina que determinadas máquinas costosas deben ser accionadas por tres turnos de obreros en el sector privado dominante, los idealistas que constituyen las cooperativas de producción tendrán que seguir el ejemplo o caminar a la bancarrota. Los recursos financieros de la sociedad están bajo el control de los hombres de negocios y de los bancos, y el movimiento obrero ha visto siempre impracticable la acumulación de medios financieros suficientes como para hacer posible una alternativa eficaz y rival al sistema establecido, paralela e interior al mismo".
Entre septiembre de 1970 y el 11 de septiembre de 1973 Chile vivió un proceso que se inició con la esperanza prerrevolucionaria y concluyó con la masacre contrarrevolucionaria de un golpe militar. Un gobierno de izquierda reformista dirigido por Allende, intentó aplicar una "tercera vía" hacia el socialismo, sin dar pasos revolucionarios pero intentando avanzar paulatinamente dentro de las instituciones democrático-burguesas parlamentarias. Argumentando que la exigua mayoría del gobierno de la Unidad Popular obligaba al "realismo", la UP intentó atraerse a la pequeña y mediana burguesía, para lo que buscaba controlar y suavizar la radicalidad obrera y popular siguiendo los consejos del PC chileno que había adquirido gran influencia sobre Allende. Sin embargo tanto la agudización de las contradicciones socioeconómicas como la reorganización de la burguesía alrededor de la democracia cristiana aumentaron la polarización social. Para finales de verano de 1972 el movimiento obrero había avanzado en su lucha contra los cierres de empresas, contra el mercado negro y el boicoteo burgués de productos de primera necesidad, forzando al gobierno a facilitar o permitir las Juntas de Abastecimientos y Precios, las ferias libres en los barrios populares, los economatos y almacenes populares, la ocupación de fábricas abandonadas y su puesta en funcionamiento, etc. Sin embargo, este impulso fue frenado por el sector reformista del gobierno Allende.
Mauro Marini y Sepúlveda escribieron la siguiente valoración del proceso en a principios de 1973: "Al abstenerse de invertir y al fomentar el mercado negro, la burguesía provoca un funcionamiento cada vez más degenerado del sistema capitalista, que acarrea un proceso acelerado de descomposición del mismo.. La táctica burguesa se presenta, desde este punto de vista, en contradicción con su estrategia: acelerando la descomposición del sistema crea condiciones para que éste sea superado. Sin embargo, en la medida en que se retrasen los intentos de la clase obrera y de los sectores más avanzados del movimiento de masas para proceder a esa superación, la anarquía económica amenaza con debilitar al movimiento popular y abrir camino al derrocamiento del gobierno, lo que implicaría el restablecimiento de la plena dominación política del capital". Esto fue lo que sucedió.
El retraso que el gobierno imponía al movimiento popular, cuando no su paralización en luchas concretas, y las concesiones a la burguesía, envalentonaron al capitalismo chileno. En verano de 1973, sectores de la pequeña y mediana burguesía como transportistas y médicos, pasan a movilizarse activamente contra el movimiento popular. El 30 de julio la democracia cristiana, principal partido burgués, pone una serie de condiciones a Allende, que la investigadora Susana Bruna, resume así: "A) La aplicación sin restricciones de la ley de control de armas; B) La promulgación de la reforma constitucional sobre las Tres Areas de la Economía tal como fue aprobada por el Congreso, y C) la devolución a sus antiguos propietarios de las empresas ocupadas por los trabajadores". Como vemos, son los pilares decisivos del poder de clase, del poder de Estado y de la propiedad privada de los medios de producción, los que la burguesía no está dispuesta a perder de ningún modo, y sí a recuperarlos del todo a cualquier precio. Las indecisiones, dudas y retrasos del gobierno de Allende aumentaron la confusión en el movimiento popular y el envalentonamiento capitalista a lo largo de todo el mes de agosto. Por fin, el 11 de septiembre, como sabemos, el general Pinochet mandó bombardear y tomar al asalto la sede el gobierno, asesinando a Allende e implantando una feroz dictadura.
El 25 de abril de 1974 algunos militares portugueses derrocaron la dictadura e inmediatamente el pueblo trabajador comenzó a ocupar fábricas, talleres y latifundios. De entra las muchas empresas liberadas, especial interés ofrece para nuestro análisis, además de Lisnave, la industria de vanguardia en Lisboa, sobre todo el control obrero realizado en la banca portuguesa, lo que permitió a todo el movimiento obrero conocer muy al detalle la verdadera situación económica, los intentos de fuga de capitales y de cierre de empresas y sobre todo las relaciones entre la alta burguesía y el fallido golpe reaccionario del 11 de marzo de 1975. Pero el PCP no estaba en modo alguno preparado ni teórica ni prácticamente para impulsar desde dentro el amplio pero inexperto e invertebrado consejismo obrero y campesino, y bien pronto comenzó a desarrollar un sindicalismo demagógicamente revolucionario pero reformista en la práctica. Más tarde, la victoria electoral del PSP terminó por marchitar los claveles revolucionarios.
Simultáneamente a estos acontecimientos la agonía del franquismo estaba forzada, básicamente por las luchas nacionales, especialmente la vasca, y por las luchas obreras y populares en claro ascenso desde 1971. Pero a diferencia de Portugal y de todos aquellos sitios donde la burguesía se desplomó, abandonó sus posiciones y hasta huyó con el invasor, en el Estado español había tenido el tiempo suficiente para pactar una supuesta "transición" que no fue sino el apoyo decidido del reformismo político-sindical al sistema españolista y capitalista, a la monarquía en suma. El movimiento obrero fue sacrificado sin piedad por la izquierda para salvar el sistema y sus iniciales logros y conquistas fueron congeladas o desmontadas desde finales de 1977. Nunca se criticará lo necesario el comportamiento del PCE-PSOE y CCOO-UGT, y de otras organizaciones menores de izquierda española, en la imposición de semejante derrota estratégica.
Por último y para no extendernos, sí hemos de terminar con una directa referencia a la prolongada y tremenda crisis de orden que azotaba a los EEUU en esta misma época. H. Zinn ha explicado en su imprescindible investigación La otra historia de los Estados Unidos el proceso general de surgimiento de múltiples crisis aisladas y su confluencia progresiva en una gran crisis global a finales de los sesenta y toda la década de los setenta; y dentro de esta crisis el papel clave jugado por las mujeres en su toma de conciencia y su autoorganización feminista, la lucha de las minorías nacionales, de los trabajadores, de los estudiantes, las negativas de la juventud al servicio militar y a la guerra de Vietnam, etc. Zinn sostiene que:
"Nunca en la historia americana había habido tantos movimientos por el cambio concentrados en tan corto espacio de tiempo. Pero el sistema --a lo largo de dos siglos-- había aprendido mucho sobre la mejor manera de controlar a la gente. Así que, a mediados de los setenta, se puso manos a la obra". Ahora bien, que lanzara una tremenda ofensiva a mediados de los setenta no indica que tuviera éxito inmediatamente, pues su investigación muestra cómo el sistema yanki necesitó de varios años para empezar a desmontar las conquistas de todo tipo que habías conseguido las masas oprimidas estadounidenses. En 1976, recuerda Zinn, la Comisión Trilateral publicaba su informe titulado "La gobernabilidad de las democracias", en el que Huntington, encargado de la situación en los EEUU, tras analizar cómo las luchas populares habían desequilibrado los presupuestos oficiales --disminuyendo las ganancias burguesas--, sostenía que se había producido un "exceso de democracia".
No podemos en modo alguno resumir aquí cómo dicho "exceso de democracia" se expresaba prácticamente en las formas de lucha de las masas trabajadoras. Sí hemos escogido, a modo de ejemplo muy ilustrativo, los trece "rasgos y caracteres" comunes a las ocupaciones obreras de los lugares de trabajo, que ha sintetizado I. García-Perrote Escartín en su riguroso estudio "La huelga con ocupación de lugar de trabajo" que abarca de 1917 a 1979. Según el autor, el primer rasgo es que "la huelga con ocupación del lugar de trabajo comporta la ocupación general o parcial de la fábrica"; segundo rasgo: "es prolongada, existe en ella una indeterminación en cuanto al tiempo"; tercer rasgo: "la ocupación se extiende más allá del horario normal de trabajo, más allá de la jornada laboral (...) al concluir la jornada (...) los trabajadores no abandonan la empresa"; cuarto: "en la huelga con ocupación de lugar de trabajo, no se prosigue con la producción; no es una huelga o una ocupación activa"; quinto: "los trabajadores de hacen con el control del centro (...) se ha de organizar el ritmo de vida (...) desde las asambleas hasta los entretenimientos, pasando por mantener la moral"; sexto: "actualmente --desde finales de los setenta-- es un fenómeno aislado, no se incardina en grandes movimientos sociales, sino que, por el contrario, tiene lugar en empresas aisladas".
El séptimo rasgo que expone el autor citado es que: "los trabajadores recurren a la ocupación del lugar del trabajo en situaciones límites, desesperadas"; octavo: "objetivo fundamental (...) es el implicar a otras categorías de trabajadores (...) y a la opinión pública"; noveno: "la motivación que más frecuentemente conduce a los trabajadores a recurrir a la huelga con ocupación, es (...) conservar su puesto de trabajo (...) defender el empleo"; décimo: "finalidad de los trabajadores (...) es el forzar, ante la negativa empresarial, la apertura de negociaciones y oponerse a despidos"; undécimo: "la ocupación no pretende por tanto sino aumentar la presión sobre el empleador cuando la huelga ha devenido ineficaz"; duodécimo: "la ocupación (...) es la plasmación de la reivindicación del conjunto de los trabajadores de decidir por sí mismos las formas y los modos de lucha, negando el monopolio, en este terreno, de las centrales sindicales"; y el décimo tercer rasgo: "la huelga con ocupación (...)es cada vez más frecuente en la fenomenología huelguística (...) La enorme frecuencia contemporánea al recurso de la huelga con ocupación de lugar de trabajo abona la necesaria inclusión de la figura en la noción, dinámica, de huelga".
Bien es cierto que, como insiste el autor, esta modalidad de huelga en claro ascenso a finales de los setenta del siglo XX, no cuestionaba el derecho burgués a la propiedad privada de las empresas y de las fuerzas productiva; pero no es menos cierto, y eso lo decimos nosotros, que, primero, sí aceleraba el ritmo de experiencia y aprendizaje práctico de las masas trabajadoras en sus propias fuerzas autoorganizadas, segundo, sí aumentaba su toma de conciencia clasista y teórico-política en la dinámica que concatena la ocupación con la autogestión socialista generalizada y, por todo ello, tercero, era y es una modalidad de huelga que se inscribe en la tendencia ascendente hacia la centralidad de la fuerza de trabajo. Por eso fue también reprimida sin piedad por la contraofensiva burguesa.
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